La Marina de Guerra en la República Siglo XIX

La Guerra con la Gran Colombia (1828-1829)

El primer conflicto internacional al que la naciente República del Perú hubo de enfrentar, fue contra la Gran Colombia, debido al reclamo de dicha nación por los territorios de Jaén y Maynas, legítimamente pertenecientes al Perú desde antes de la independencia. La declaratoria de guerra por parte de la nación grancolombiana se dio el 3 de julio de 1828, conllevando al Gobierno peruano a alistar sus fuerzas terrestres y navales.

En lo que a la campaña naval respecta, el primer encuentro de este conflicto se produjo en agosto de 1828, cuando a la corbeta Libertad, al mando del capitán de corbeta Carlos García del Postigo, se hallaba en aguas internacionales frente al Golfo de Guayaquil, con la finalidad de controlar e interceptar las naves que entrasen o saliesen de ese puerto. El 31 de agosto de 1828, las naves colombianas Pichincha y Guayaquileña atacaron a la corbeta peruana frente a Punta Malpelo, siendo rechazadas y obligadas a retirarse con grandes pérdidas a bordo.

Luego, las fuerzas peruanas establecieron el bloqueo en Guayaquil y sobre la costa grancolombiana desde Tumbes hasta Panamá. La escuadra nacional, al mando del vicealmirante Jorge Martín Guise, se dirigió a Guayaquil y realizó diversas incursiones antes de atacar las defensas de esa ciudad ribereña, los días 22 al 24 de noviembre de 1828. En dicha acción se logró batir las defensas a flote y silenciar buena parte de la artillería enemiga, pero la noche del 23 al 24, la fragata Presidente encalló y los defensores aprovecharon la situación para atacar. Al amanecer, con el repunte del río, la fragata volvió a ponerse a flote, pero el último tiro enemigo dio de lleno en el vicealmirante Guise, que falleció poco después. El mando de la escuadra fue asumido por el teniente primero José Boterín, quien continuó el asedio sobre la plaza enemiga, la que finalmente se rindió el 19 de enero de 1829. Luego de esta acción la corbeta Arequipeña y el bergantín Congreso incursionaron sobre Panamá, logrando rescatar una de las naves mercantes capturadas por los colombianos.

Guayaquil permanecería ocupado por fuerzas peruanas hasta el 21 de julio de 1829. Este conflicto concluiría tras la firma del Armisticio de Piura suscrito el 10 de julio del mismo año, pero aun quedaría pendiente la situación fronteriza

La Guerra entre la Confederación Peruano-Boliviana y Chile (1836-1839)

Durante la época virreinal, el territorio que constituía la audiencia de Charcas o el Alto Perú, dependiente en un primer momento del Virreinato del Perú, desde 1776 pasó a formar parte del virreinato de Buenos Aires. Este territorio fue independizado en 1826, naciendo la República de Bolivia. Años más tarde, surgiría un proyecto político ambicioso cuyo propulsor principal fue el mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz, que propugnaba la creación de un estado confederado sobre la base de los territorios del Perú y Bolivia, históricamente unidos por diversos lazos, especialmente económicos. Esta integración buscaba entre otras cosas restaurar los antiguos circuitos mercantiles establecidos en ambos territorios desde tiempos ancestrales, así como promover una política de libre comercio con el extranjero. Luego de un intenso periodo de crisis política, la Confederación quedó establecida en 1836, conformada por tres estados confederados: el Estado Nor Peruano, el Estado Sur Peruano, y Bolivia.

La conformación de esta nueva nación, tuvo importante acogida en los departamentos del sur peruano al poder beneficiarse del libre comercio, pero en cambio no fue bien recibida por las élites limeñas y del norte peruano, que tradicionalmente habían mantenido un intercambio comercial cerrado con Chile, país que a su vez vio a esta confederación como una amenaza para sus intereses económicos.

Las acciones navales por parte de la Armada de Chile no se hicieron esperar: el 21 de agosto de 1836 arribó al Callao el bergantín de guerra chileno Aquiles, en lo que se suponía una visita de buena voluntad. Sin embargo, aprovechando el estado de desarme en que se encontraban los buques de guerra peruanos en el fondeadero, por las luchas internas de los años precedentes, esa misma noche llevó a cabo un sorpresivo ataque que le permitió capturar a la barca Santa Cruz, el bergantín Arequipeño y la corbeta Peruviana. Se inició así la guerra entre Chile y la Confederación Peruano-Boliviana.

La primera fase de esta guerra debió definirse en el mar, y fue por ello que uno y otro bando trataron de hacerse de su control. En el caso de la Confederación, esta fase de la campaña estuvo en manos de la Armada Peruana, cuya flotilla compuesta por las corbetas Socabaya y Confederación y el bergantín Congreso zarparon en noviembre de 1837 con la finalidad de incursionar sobre territorio enemigo. Primeramente atacaron las islas de Juan Fernández, en donde rindieron a la guarnición que tenía a su cargo el presidio y libertaron a los presos políticos, para luego bombardear los puertos chilenos de Talcahuano, Huasco y San Antonio, llegando también a desembarcar tropa de Marina en San Antonio y Caldera.

Por su parte, el gobierno chileno y los peruanos opositores de la Confederación prepararon una expedición que al mando del almirante Manuel Blanco Encalada desembarcó en el sur peruano y avanzó sobre Arequipa. Tras permanecer en esa ciudad durante más tiempo la fuerza expedicionaria de Blanco Encalada fue obligada a rendirse, por el mariscal Santa Cruz, firmando el Tratado de Paucarpata el 17 de noviembre de 1837 y reembarcándose con destino a su país. El tratado fue posteriormente repudiado por el gobierno chileno, que envió un escuadrón compuesto por cinco buques de guerra al mando del marino británico Roberto Simpson para hostigar la costa peruana. A estas naves le salió al encuentro en las afueras del puerto peruano de Islay un escuadrón peruano formado por la corbeta Socabaya y los bergantines Junín y Fundador a órdenes del capitán de fragata Juan José Panizo. Simpson intentó destruir esa fuerza naval el 12 de enero de 1838, pero Panizo logró maniobrar inteligentemente durante varias horas logrando poner a salvo a sus naves ante un enemigo superior en número y fuerza. Aquella acción, conocida como el Combate Naval de Islay, fue un triunfo peruano, que concluyó con la retirada de los buques chilenos.

Sin embargo a lo largo del año, Chile logró obtener el control del mar y en setiembre estuvo en condiciones de despachar una nueva y poderosa expedición restauradora con 5.400 soldados al mando del general Manuel Bulnes. Las fuerzas de Bulnes, reforzadas por los peruanos opositores a Santa Cruz, entre los cuales estaban Gamarra y Castilla, lograron derrotar a Orbegoso, en agosto; y luego a Santa Cruz en la decisiva batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839. Ocho días antes, el 12 de enero de 1839, el escuadrón naval chileno al mando de Simpson y algunos buques que habían transportado a la expedición del general Bulnes fueron atacados en el puerto de Casma por la escuadra confederada formada por la corbeta Esmond, la barca Mexicana, el bergantín Arequipeño y la goleta Perú, bajo las órdenes del marino francés Juan Blanchet. La acción duró varias horas, falleciendo Blanchet y perdiéndose el Arequipeño, pero causando considerables pérdidas a las naves chilenas. En lo que respecta a la Confederación, luego de la retirada y dimisión de Santa Cruz tras la derrota de los confederados frente a las tropas restauradoras en la Batalla de Yungay, su existencia concluyó con su disolución, dando paso a un gobierno restaurador al mando de Agustín Gamarra.

La introducción de la propulsión a vapor y el surgimiento del Perú como potencia naval en Sudamérica

La explotación en gran escala de los depósitos de guano de la costa peruana facilitó la estabilización de los gobiernos peruanos desde fines de los años cuarenta hasta principio de los años setenta del siglo pasado. Entre los que más atención brindaron a la Marina en ese período figuran el Mariscal Ramón Castilla y el General Rufino Echenique, quienes propiciaron convertir al Perú en una potencia naval a través de un agresivo programa de adquisiciones.

Entre dichas naves merecen destacarse la fragata Mercedes, que fue la primera nave de guerra que adquirió Castilla, y luego el Rímac, primer buque de guerra a vapor en aguas sudamericanas, construido en Estados Unidos de América y que arribó al Callao el 27 de julio de 1848. Las fragatas Callao y Amazonas fueron encargadas a Inglaterra en la década siguiente. También se adquirieron otras naves de guerra y transportes, al punto que la Escuadra peruana llegó a ser la más importante en Sudamérica en esos años.

Sin embargo, un hecho lamentable, vistió de luto a la armada, cuando la fragata Mercedes naufragó frente a Casma el 2 de mayo de 1854. Aquel terrible accidente, que costó la vida de más de 800 personas, dejó una magnífica lección de valor más allá del cumplimiento del deber, cuando el comandante, capitán de navío Juan Noel prefirió hundirse con su nave antes de abandonarla en tan difícil trance y con gran cantidad de gente que aún permanecía a bordo.

Otro de los acontecimientos de importancia se había suscitado algunos años antes. El hallazgo de oro en la costa californiana de los Estados Unidos, provocó una masiva migración de aventureros en busca de tan valioso metal, los que llegaban en cantidad por vía marítima. Muchos de estos buques no sólo desembarcaban a sus pasajeros, sino que también perdían a buena parte o incluso a toda su tripulación atraída por la denominada "fiebre de oro". En 1848, algunos buques peruanos se encontraban abandonados en San Francisco, por lo que sus propietarios solicitaron al gobierno que se enviase una nave de guerra con el fin de proteger sus intereses. Fue así que el bergantín General Gamarra, al mando del capitán de fragata José María Silva Rodríguez, fue enviado a San Francisco, donde permaneció casi diez meses. Durante su estada en ese puerto se produjo un gran desorden en tierra que las autoridades locales no pudieron sofocar, debiendo solicitar ayuda a los buques de guerra extranjeros surtos en la bahía. Por ese motivo, un destacamento armado desembarcó del Gamarra y ayudó a poner orden en la ciudad. De este modo el Perú tomó parte en la primera y única intervención armada de una fuerza naval foránea en territorio de los EE.UU.

El viaje alrededor del mundo de la fragata Amazonas

Fragata Amazonas El 25 de octubre de 1856 la fragata Amazonas, al mando del capitán de navío José Boterín, zarpó del Callao en demanda de Hong Kong para realizar algunos trabajos urgentes en el dique de ese puerto. Al arribar a su destino, se halló con la sorpresa que había estallado la Segunda Guerra del Opio, motivándolo a dirigirse a Calcuta, donde efectuó las reparaciones que necesitaba. Durante su estada en dicho puerto fallecieron varios de los tripulantes de la fragata, víctimas del cólera. De allí pasó a Londres, donde Boterín fue reemplazado por el Capitán de Corbeta Francisco Sanz, y se completó el armamento de la fragata. Finalmente, la Amazonas zarpó de Londres en demanda del Callao, arribando a nuestro primer puerto el 28 de mayo de 1858, luego de haber completado la primera vuelta al mundo de un vapor de guerra sudamericano, en el que también tomaron parte 17 guardiamarinas.

El Conflicto con el Ecuador (1857-1860)

El 1857 el gobierno ecuatoriano suscribió un convenio para el pago de una deuda con acreedores británicos, dando en concesión territorios amazónicos pertenecientes al Perú. La protesta peruana fue unánime y el presidente Castilla ordenó el bloqueo del Golfo de Guayaquil, el mismo que fue llevado a cabo por una escuadra al mando del contralmirante Ignacio Mariátegui. El bloqueo se inició el 4 de noviembre de 1858, y habría de durar más de un año, lapso durante el cual Ecuador fue víctima de profundas luchas internas que llevaron al Presidente Castilla a decidir la ocupación del puerto de Guayaquil, desembarcando fuerzas peruanas en ese puerto a mediados de noviembre de 1859. El 25 de enero de 1860 se firmó el Tratado de Mapasingue, que dio por terminado el conflicto.

El Conflicto con España (1864-1866)

Después de la Batalla de Ayacucho, todos los países hispanoamericanos, excepto el Perú, habían firmado tratados de paz con España, mediante los cuales esta nación reconocía su independencia. Ello no había sido obstáculo para que se produjeran diversos actos de buena voluntad entre Perú y España, pero ciertamente no existían relaciones oficiales.

En ese contexto, a mediados de 1863 se presentó en el Pacífico una escuadrilla española compuesta por las fragatas Resolución y Nuestra Señora del Triunfo, así como por la goleta Covadonga, que llevaba a bordo una Expedición Científica con el propósito de estudiar las antiguas posesiones españolas. En esas circunstancias se produjo un incidente en la hacienda Talambo, en el que fue muerto un español.

El almirante español Luis Hernández Pinzón, protestó ante el gobierno peruano, e incitado por Eusebio Salazar y Mazarredo, cuyo cargo de Comisario Extraordinario para el Perú no había sido reconocido por el gobierno peruano, ocasionó que en represalia, las fuerzas españolas capturaran el 14 de abril de 1864 las Islas Chincha, de donde provenía la mayor parte del guano que el Perú exportaba.

Producidos estos hechos, España reforzó su Escuadra del Pacífico con las fragatas Blanca, Berenguela y Villa de Madrid, la goleta Vencedora y el blindado Numancia. El gobierno peruano, imposibilitado de hacer frente a tal amenaza, se vio obligado a firmar un tratado conocido como Vivanco-Pareja, que ponía fin al conflicto pero que fue prontamente rechazado por la nación. El coronel Mariano Ignacio Prado se levantó en Arequipa y tras casi un año de guerra civil logró hacerse del poder, repudiando el referido tratado y reiniciando las hostilidades. Previamente se había firmado un acuerdo con Chile, al que se sumaron Bolivia y Ecuador, de modo de actuar unidos contra España y neutralizar cualquier intento de restablecer su dominio en América.

Combate de Abtao (1866)

Al producirse la Guerra con España, la Escuadra Peruana no contaba con naves capaces de enfrentarse directamente con la poderosa fuerza naval española, dado que aún se hallaban en construcción en Inglaterra el blindado Huáscar y la fragata blindada Independencia. Fue por ello que se envió a nuestras cuatro naves principales al sur de Chile, donde debían aguardar al arribo de los dos nuevos blindados para actuar luego en conjunto contra la fuerza enemiga. Tres de estas naves, la fragata Apurímac y las corbetas Unión y América, de reciente adquisición en Francia, tomaron parte en el Combate Naval de Abtao ocurrido el 7 de febrero de 1866 en el canal de Challahué, formando entre la isla Abtao y el continente. También se encontraba en aquella oportunidad la goleta chilena Covadonga, conformando todas estas naves la denominada Escuadra Aliada que bajo el mando del Capitán de Navío peruano Manuel Villar rechazaron en forma brillante el ataque de las fragatas españolas Villa de Madrid y Blanca, combatiendo durante varias horas hasta que las naves enemigas optaron por retirarse.

El ocaso del poderío naval peruano

El conflicto con España llevó a que el gobierno procurara incrementar el poder naval peruano, aún cuando no siempre con acierto, como fue el caso de la adquisición de los monitores Manco Cápac y Atahualpa. Adquiridos en Estados Unidos de América, ambos buques fueron remolcados desde Nueva Orleáns hasta el Callao en una épica travesía que, demandó más de un año (enero 1869-mayo 1870) la que no estuvo exenta de dificultades.

A principios de los años setenta, el Perú comenzó a sentir los efectos de una profunda crisis fiscal, acelerada por el excesivo gasto en que se había incurrido sobre la base de comprometer los ingresos del guano. Fue por ello que no se pudo reaccionar con firmeza ante el crecimiento del poder naval chileno, que con la construcción de dos blindados, Cochrane y Blanco Encalada, pasó a tener la flota más poderosa en el Pacífico sudamericano. Ante ello el Perú solo pudo incorporar a la escuadra a las pequeñas cañoneras Chanchamayo y Pilcomayo, la primera de las cuales se perdió en 1876, frente a Falsa Punta Aguja. Otra pérdida notable de esos años fue la corbeta América, varada a consecuencia del maremoto que azotó el puerto de Arica, el 13 de agosto de 1868. Falleció en dicho trágico accidente el comandante de la nave, capitán de corbeta Mariano de los Reyes Saavedra.

El Combate Naval de Pacocha (1877)

El 6 de mayo de 1877, un grupo de partidarios de Nicolás de Piérola a bordo del Huáscar en el Callao, alzándose en contra del gobierno del presidente Mariano Ignacio Prado. Éste reaccionó declarando al buque fuera de la ley y ofreciendo recompensa a quien lo capturase o destruyese.

Al mando del Capitán de Navío Germán Astete, el Huáscar se hizo a la mar dirigiéndose al Sur para embarcar al caudillo. En dicha travesía se detuvo a varios buques británicos, quebrantando la ley internacional.

Esto último motivó al Contralmirante Alghernon M. De Horsey, comandante en jefe de la Estación Naval Británica en el Pacífico, a intervenir en el asunto.

Con la fragata Shah y la corbeta Amethyst, buscó al monitor Huáscar y lo encontró el 29 de mayo de 1877, frente a Pacocha. El almirante inglés intimó rendición al comandante peruano Luis Germán Astete, quien se rehusó a rendir su nave y se preparó para combatir afirmando el pabellón peruano. La acción se llevó a cabo durante varias horas, en que los buques británicos pese a su gran ventaja artillera no pudieron rendir al monitor, que respondió el fuego y maniobró con una habilidad, evadiendo no sólo los disparos enemigos, sino también un torpedo autopropulsado que los británicos hicieron uso por primera vez en la historia del torpedo. Habiendo fracasado en su intento, las naves británicas se retiraron del escenario, mientras que el Huáscar se entregó a las autoridades nacionales al día siguiente.

La Guerra del Pacifico (1879 - 1883)
Antecedentes

Las razones de este conflicto pueden ubicarse muy atrás en la historia y que sus raíces profundas pueden remontarse hacia mediados del siglo XVII, cuando la economía chilena se vio reducida a una condición de verdadera dependencia de los precios impuestos por los navieros y comerciantes peruanos. Las luchas por la independencia cambiaron esta relación en provecho de Valparaíso, pero el enorme potencial peruano se mantuvo como una amenaza latente para revertir dicha situación. La clase dirigente chilena cobró temprana conciencia de ello y, mucho más cohesionada y austera que su contratare peruana, logró sentar las bases de una estabilidad política que conllevó mayor coherencia en sus planes de largo aliento.

El Perú, por su lado, sometido a multitud de disputas internas, no logró cohesionarse y desperdició las enormes riquezas con que la naturaleza ha dotado a su territorio. Tempranamente como se ha narrado, el mariscal Santa Cruz trató de reunificar el Alto y el Bajo Perú, formando la Confederación Peruano-Boliviana. Chile se sintió amenazado por ella e instigó y apoyó a los peruanos que rechazaban a Santa Cruz. Finalmente declaró la guerra y destruyó a la Confederación.

Por otro lado, la definición de los límites entre Chile y Bolivia eran un problema latente desde los albores republicanos. Sin embargo, la creciente importancia del salitre, explotado mayoritariamente por capitales y mano de obra chilena en el litoral boliviano, motivó que el gobierno boliviano impusiera ciertas medidas económicas que fueron rechazadas por los afectados. El gobierno de Santiago vio en ello un motivo de intervenir militarmente e invadió el litoral boliviano. El Perú, unido a Bolivia a través de un tratado de alianza firmado en 1873, intentó detener la guerra por diversos medios. Sin embargo, la decisión chilena era firme y nuestro país se vio forzado a honrar su compromiso e ingresó a la guerra en condiciones de alistamiento realmente lamentables.

El Ejército estaba bastante lejos de constituir un aparato militar eficiente, con mandos politizados y una oficialidad surgida al fragor de las revoluciones. Todo ello llevaba a que adoleciera de un sólido espíritu de cuerpo. Por otro lado, la tropa, mayoritariamente serrana, no se sentía totalmente identificada con el concepto de nación peruana, el equipamiento era dispar y en muchos casos obsoleto, y el entrenamiento era prácticamente nulo. Si bien la Armada contaba con un cuerpo de oficiales profesional los elevados costos de reposición habían hecho que tuviéramos una flota anticuada, con unidades que habían llegado a un nivel de deterioro apreciable.

Chile, por su parte, desde principios de la década de 1870 había, invertido considerables sumas en su ejército y armada, habiendo alcanzado un elevado grado de eficacia combativo en ambas ramas. Por otro lado, era claro que la estabilidad política, lograda desde la década de 1830, había contribuido a consolidar un sentido profesional en sus fuerzas armadas que se veía reflejado en la permanencia de sus altos mandos.

La armada chilena contaba con dos blindados muy superiores a los peruanos, tanto en poder de fuego como en coraza. La infantería había homogeneizado su armamento con los fusiles tipo Grass y Comblain, ambos con un mismo tipo de munición. La artillería era Armstrong y Krupp, de los últimos modelos, y sus sirvientes contaban con carabinas Winchester para su protección. La caballería estaba igualmente dotada con este tipo de carabinas, además de las armas blancas, que les eran usuales.

La Escuadra Peruana y la Escuadra Chilena

Debido a las características del litoral boliviano y del extremo Sur peruano, en el que se extiende el desierto de Atacama, y teniendo en cuenta las experiencias de la Guerra de la Independencia y contra la Confederación, Chile conocía que era necesario sortear por mar este territorio para poder trasladar a sus tropas e invadir el territorio peruano. Para ello tendría que lograr el dominio del mar. El Perú, por su parte, también comprendió que esta era la maniobra lógica que adoptaría el enemigo. De ese modo, ambas naciones dieron inicio a la campaña naval como la primera parte de la guerra.

La Escuadra peruana, al mando del capitán de navío Miguel Grau, estaba conformada por el blindado tipo monitor Huáscar, la fragata Independencia, los monitores Manco Cápac y Atahualpa, la corbeta Unión, la cañonera Pilcomayo y los transportes Chalaco, Oroya, Limeña y Talismán. Estos últimos habrían de cumplir una función muy importante durante el conflicto, manteniendo abierta la ruta de abastecimiento peruana con continuos viajes entre el Callao y Panamá, así como a otros puntos del litoral, transportando tropas, pertrechos y municiones, burlando a la poderosa escuadra enemiga.

La Escuadra chilena, al mando del contralmirante Juan Williams Rebolledo, estaba compuesta por los blindados Blanco Encalada y Almirante Cochrane, las corbetas Chacabuco, O'Higgins y Esmeralda, y las cañoneras Magallanes y Covadonga, además de varios transportes. El balance de poder era favorable a la marina chilena, dado que sus naves, sobre todo los dos blindados, tenían mejor artillería, mayor velocidad y coraza, en comparación a las naves peruanas.

El planteamiento fue muy claro en ambos lados. La escuadra chilena era superior materialmente a la peruana, no sólo en número sino también en la calidad de sus buques. Debía entonces buscarla y destruirla lo más pronto posible. La escuadra peruana, por su parte, dada su inferioridad en medios, debía prolongar lo más posible su presencia como una amenaza efectiva en el mar, no tanto para la escuadra enemiga sino para el tráfico marítimo chileno, entablando combate únicamente cuando estuviera en superioridad de condiciones o cuando éste fuese inevitable. El tiempo que se ganara en ello sería en provecho de la preparación de las defensas en el Sur peruano y la adquisición de nuevas naves y armamento.

La Campaña Naval y el Huáscar

La primera acción tuvo lugar apenas siete días después de declarada la guerra, el 12 de abril de 1879, cuando la corbeta Unión y la cañonera Pilcomayo atacaron y persiguieron a la corbeta chilena Magallanes frente a Punta Chipana. Por su parte, la escuadra enemiga bombardeó Mollendo, Pisagua, Mejillones del Perú e Iquique, antes de dirigirse hacia el Callao con el propósito de destruir a la escuadra peruana. Sin embargo, fracasó en este intento debido a que los buques nacionales habían zarpado días antes de su arribo, dirigiéndose a Arica con el Director Supremo de la Guerra, el General Mariano Ignacio Prado.

Combate de Angamos

Combate de Angamos La incapacidad de los mandos navales chilenos frente a las continuas incursiones del Huáscar al mando de Miguel Grau, fueron motivo de protestas populares, interpelaciones en el congreso y la censura del gabinete ministerial. Todo ello se agudizó con la captura del transporte Rímac, luego de lo cual se produjeron renuncias de ministros y se efectuaron inevitables cambios en las jefaturas del ejército y la escuadra. Los conductores de la guerra, ante la imposibilidad de iniciar la campaña terrestre para invadir el sur peruano, determinaron que el hundimiento del Huáscar era prioritario e indispensable para llevar a cabo sus planes.

Una de las primeras medidas fue el relevo del contralmirante Juan Williams Rebolledo en el mando de la Escuadra chilena por el capitán de navío Galvarino Riveros, quien dispuso que sus buques fueran sometidos a reparaciones y carena para limpiar sus fondos y prepararse a dar caza al Huáscar. Para dicho propósito, elaboraron un plan para capturarlo, organizando a su escuadra en dos divisiones, la primera, integrada por el Blanco Encalada, la Covadonga y el Matías Cousiño, y la segunda, compuesta por el Cochrane, el Loa y la O'Higgins. La idea era tenderle un cerco al Huáscar, en el área comprendida entre Arica y Antofagasta.

Continuando los acontecimientos, Grau recibió órdenes de zarpar con la Unión y el Rímac rumbo al sur, con la finalidad de hostigar los puertos chilenos entre Tocopilla y Coquimbo, en tanto que las dos divisiones chilenas habían partido hacia el norte en búsqueda del Huáscar llegando a Arica en la mañana del 5 de octubre, no hallando allí a su objetivo.

El Huáscar mientras tanto, luego de dejar al Rímac en Iquique, arribó en compañía de la Unión a la caleta de Sarco. Ahí capturaron a la goleta Coquimbo, para posteriormente llegar al puerto del mismo nombre y proseguir hacia el sur, hasta la caleta de Tongoy, localidad cercana al importante puerto de Valparaíso. Cumplido el objetivo de esta expedición, Grau y sus naves iniciaron su retorno a aguas peruanas.

Mientras los barcos peruanos navegaban hacia el norte de regreso, ignoraban los movimientos de los buques chilenos. Las dos divisiones enemigas avanzaban desde diferentes direcciones, en posición abierta, dispuestas a cercar a su objetivo. Al amanecer de aquel día, el Huáscar fue avistado por la primera división chilena, lo que obligó a Grau a virar hacia el Suroeste para luego volver al Norte, tratando de dejar atrás a sus enemigos. Poco después, el Huáscar y la Unión se encontraron con la segunda división chilena frente a Punta Angamos. Al percatarse de que el Huáscar no podría evadir el combate por su escaso andar, la Unión se abrió paso hacia el norte.

Luego, a las 09:40 horas, siendo inevitable el encuentro, el monitor peruano afianzó su pabellón disparando los cañones de la torre sobre el Cochrane a mil metros de distancia. La Covadonga y el Blanco Encalada en esos momentos se hallaban a una distancia de seis millas con dirección al Huáscar, mientras que la O'Higgins y el Loa se dirigían a cortar el paso a la Unión. El Cochrane no contestó inicialmente los disparos, sino que acortó distancias gracias a su mayor velocidad, y cuando estuvo a 200 metros por babor del Huáscar, hizo sus primeros disparos, perforando el blindaje del casco y dañando el sistema de gobierno.

Diez minutos después un proyectil proveniente también del Cochrane impactó en la torre de mando y al estallar hizo volar al Contralmirante Miguel Grau y dejo moribundo a su acompañante Teniente Primero Diego Ferré. Entonces tomó el mando del buque el Capitán de Corbeta Elías Aguirre, quien continuó el combate con las naves chilenas, hasta que también cayo muerto por un disparo enemigo. Uno tras otro, los oficiales peruanos se fueron sucediendo a cargo de la nave, que recibía una y otra vez los impactos de la artillería chilena, hasta que habiendo recaído el mando en el Teniente Primero Pedro Gárezon, este oficial, viendo que ya no era posible continuar la lucha por las condiciones en las que se hallaba el buque, con sus cañones inutilizados, roto su timón, y diezmada su tripulación, dio la orden de abrir las válvulas de fondo para inundar al monitor y de esta forma impedir sea capturado por el enemigo.

A las 10:55 el Cochrane y el Blanco suspendieron el cañoneo y al ver que el Huáscar pronto se iría a pique, enviaron una dotación armada en lanchas para tomarlo. Cuando los marinos chilenos ingresaron a bordo, el Huáscar ya tenía 1,20 m. de agua y estaba a punto de hundirse por la popa. Con revolver en mano, los oficiales chilenos ordenaron a los maquinistas cerrar las válvulas y posteriormente obligaron a los prisioneros a apagar los fuegos que consumían diversos sectores de la nave. La lucha había concluido, el Huáscar capturado, y el mar libre para iniciar la invasión del Sur peruano.

La Campaña del Sur

El 2 de noviembre la flota chilena se presentó en Pisagua, capturando dicho puerto después de vencer la tenaz resistencia que ofrecieron las defensas peruanas reforzadas por dos batallones bolivianos. El ejército expedicionario chileno se movió rápidamente sobre Iquique, ocupándolo el día 8 tras bombardearlo. Las fuerzas aliadas, bajo el mando del general Juan Buendía, se enfrentaron a las fuerzas chilenas en San Francisco, el 19 de noviembre de 1879, sufriendo un severo revés que las obligó a replegarse sobre la quebrada de Tarapacá, en donde se produciría una nueva cruenta batalla, en la que los peruanos derrotaron a los invasores y capturar su artillería.

Sin embargo, la falta de municiones impidió que se explotara el triunfo y se debió continuar con el repliegue hacia Arica. En febrero de 1880 las fuerzas chilenas desembarcaron en Ilo y avanzaron sobre Tacna. El 27 de ese mes tuvo lugar el primer bombardeo a Arica, en el cual el monitor peruano Manco Cápac, al mando del capitán de navío José Sánchez Lagomarsino, logro impactar en el Huáscar, que bahía sido reparado matando a su comandante, el capitán de fragata Thompson. Por otro lado, las baterías del morro, dirigidas por el capitán de navío More y dotadas por la tripulación de la desafortunada Independencia, sostuvieron un dueto artillero de la flota enemiga.

A los pocos días de realizado el combate contra los buques chilenos, estos, establecieron un bloqueo en Arica, el cual fue audazmente roto dos veces el 17 de marzo por la corbeta Unión, al mando del capitán de navío Manuel Villavicencio, que llegó a dicho puerto transportando a la lancha torpedera Alianza y otros elementos bélicos para la defensa de la plaza.

Tras desembarcar ese material bajo fuego enemigo, la Unión volvió a zarpar y logró hacerse a la mar nuevamente ante los absortos buques enemigos, contestando el fuego que le hacían. La Alianza formó parte de a Brigada Torpedista asignada a Arica, basada en la Isla Alacrán. En esa brigada prestó servicios el teniente primero Leoncio Prado.

En Tacna se reunieron las fuerzas peruanas y bolivianas bajo el mando combinado del presidente boliviano Narciso Campero, y el día 26 de mayo se enfrentaron los dos ejércitos, luego de lo cual ante la superioridad numérica enemiga y por las excesivas bajas, las fuerzas aliadas tuvieron que emprender la retirada. Con esta derrota, las fuerzas que defendían la plaza de Arica quedarían sin posibilidad de recibir pronto refuerzo.

Dos días después de la batalla, el consejo de guerra que reunió a los jefes de las unidades estacionadas en Arica, se pronunció por la defensa de la plaza hasta las u1timas consecuencias, respaldando así la opinión del comandante general coronel Francisco Bolognesi.

Poco después las fuerzas chilenas se presentaron frente a la ciudad, invitando al viejo coronel a que rinda la plaza para evitar lo que suponían un derramamiento inútil de sangre. El consejo de guerra volvió a reunirse y ratificó su decisión del 28 de mayo, la misma que fue comunicada al emisario chileno por el propio Bolognesi con sus célebres palabras: "Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el ultimo cartucho".

La artillería enemiga comenzó a hostilizar las posiciones peruanas a partir del 5 y el día 7 se produjo el asalto final, por parte de seis mil quinientos soldados enemigos contra los mil seiscientos cuarenta defensores. El resultado era previsible, más aún cuando las minas que se habían sembrado alrededor del morro fallaron en buen número. Las bajas peruanas fueron elevadísimas.

No debemos dejar de mencionar al capitán de navío Juan Guillermo More, el teniente segundo Manuel Bonhomme y el teniente segundo Manuel Terry, junto con los tripulantes de la fragata Independencia.

Ellos dotaron varias baterías y el fuerte Ciudadela, en la cima del Morro, como bien lo testimonia el parte que el capitán de fragata Manuel Espinosa eleva en su calidad de oficial sobreviviente más antiguo. Al caer el morro, fue hundido por su dotación el monitor Manco Cápac, que aún defendía la bahía, mientras que la lancha torpedera Alianza fue varada en la playa de Ite y destruida al quedarse sin combustible mientras trataba de alcanzar Ilo

La Campaña de Lima y la Resistencia Naval

Desde el inicio de la guerra se formó una Brigada Torpedista para la defensa de nuestros puertos. En Arica estuvo basada en la Isla Alacrán, prestando servicios en ella el Teniente Primero Leoncio Prado. Durante el bloqueo del Callao, la Brigada Torpedista estuvo estacionada en el pontón Marañón, contando entre sus miembros a los Tenientes Primero Decio Oyague Neyra y Manuel Gil Cárdenas, el Alférez de Fragata Carlos Bondy Tellería, y al ingeniero Manuel J. Cuadros Viñas.

Organizados por el Capitán de Navío Leopoldo Sánchez Calderón, la actividad de esta brigada se reflejó en el hundimiento en la rada del Callao del transporte Loa, el 3 de julio de 1880; y de la cañonera Covadonga, en la bahía de Chancay, el 13 de setiembre del mismo año.

Finalmente, después de la derrota peruana en las Batallas de San Juan y Miraflores, se destruyeron los restos de la escuadra peruana para evitar que cayera en poder del enemigo. Se hundieron la Unión, Atahualpa y los transportes Limeña, Chalaco, Talismán, Oroya, Rímac y la cañonera Arno. Fue entonces imposible ya toda resistencia en el mar, pero los marinos peruanos continuaron combatiendo en tierra para defender la integridad territorial y la soberanía del país.

Encontramos marinos y personal de las guarniciones de los buques peleando con el Ejército a lo largo de toda la guerra. Durante la Batalla de Arica, el 7 de junio de 1880 se inmolaron junto a Bolognesi el Capitán de Navío Juan Guillermo More, el Teniente Segundo Manuel Bonhomme y el Teniente Segundo Manuel Terry, junto con los tripulantes de la fragata Independencia. Posteriormente, durante la batalla de Miraflores, el 15 de enero de 1881, los batallones Guarnición de Marina y Guardia Chalaca, al mando del Capitán de Navío Juan Fanning y del Capitán de Fragata Carlos Arrieta, defendieron heroicamente sus posiciones entre los Reductos No 2 y No 4. El primero de estos batallones llevó a cabo dos ataques sobre las fuerzas enemigas, sufriendo enormes bajas, entre ellos la mayoría de sus oficiales. El segundo batallón, formado poco antes de la batalla, también luchó con valentía y junto a su comandante fallecieron muchos de sus hombres.

Posteriormente, durante la Campaña de la Breña fueron varios los marinos que combatieron al lado del General Andrés A. Cáceres. Entre ellos el Capitán de Navío Luis Germán Astete, los Tenientes Primeros Leoncio Prado y José Gálvez Moreno, así como el Guardiamarina Héctor Villarán. Con el grado de Coronel, los marinos Astete y Prado combatieron en Huamachuco el 10 de julio de 1883, falleciendo en dicha acción el primero y siendo fusilado el segundo.