Teniente Segundo Enrique PALACIOS Mendiburu

Nació en Lima el 16 de agosto de 1850, sus padres fueron José Palacios Urrutia y María Buenaventura Mendiburu. Realizó sus estudios en aulas guadalupanas, de 1862 a 1864, y elige la carrera de las armas, ingresando al Colegio Militar Naval el 19 de mayo de 1864.

El 7 de febrero de 1866, apenas egresado de la Escuela, participa en el combate de Abtao a bordo de la fragata “Apurímac” al mando del Capitán de Navío Manuel Villar, Jefe de la División Peruana, quien tuvo el mando de la escuadra aliada en esa ocasión, ante la ausencia del titular, el Capitán de Navío chileno Juan Williams Rebolledo y su fragata “Esmeralda”. Por su destacada participación es ascendido a la clase de Alférez de Fragata.

Terminada la guerra con España, a fines de 1868, es comisionado para traer desde Estados Unidos los monitores “Manco Cápac” y “Atahualpa”, adquiridos por el gobierno del General Pezet. A pesar de haber sido comprados en setiembre de 1867, parten de New Orleans recién el 12 de enero de 1869. En ese viaje, Palacios sirve en el “Atahualpa”. El viaje dura quince meses, concluyendo en el Callao el 11 de mayo de 1870. Como premio a esta hazaña, los Jefes y Oficiales que participaron en ella son ascendidos; así, Palacios obtiene el grado de Teniente Segundo.

A fines de 1870, estando todavía embarcado en el “Atahualpa”, sufrió un reumatismo muscular, por lo que el 2 de diciembre de ese año se le concede licencia por tres meses para recuperar su salud. Ya restablecido y hallándose sin colocación, el 12 de setiembre de 1872 es destinado a la fragata “Apurímac” a pedido de su comandante, el Capitán de Fragata Julio Tellería; poco tiempo después su salud se quebranta nuevamente; esta vez es un mal hepático que lo obliga a solicitar “licencia final y absoluta separación del servicio”, siendo dado de baja el 24 de mayo del mismo año.

En la vida civil, Palacios se dedica al comercio. Por esta época conoce a Amanda de la Mar con quien tiene una hija, llamada María Rosa; al no poderla tenerla a su lado por su condición de soltero, no deja de satisfacer todas sus necesidades y la encomienda al cuidado de su hermano político y amigo Eloy antes de partir a la guerra.

Al estallar la guerra con Chile en 1879, se reincorpora a la Armada y se embarca en la fragata “Independencia”, demostrando patriotismo y desprendimiento, renunciando a su sueldo y aun contribuyendo a los gastos de la guerra con un donativo mensual.

Embarcado en la “Independencia”, es uno de los protagonistas del desastre de Punta Gruesa, el 21 de mayo de 1879, cuando este buque encalla en un bajo que no estaba marcado en las cartas de navegación, mientras perseguía a la cañonera chilena “Covadonga”. Después de este desgraciado suceso, pasa junto con los demás oficiales y guardiamarinas de la “Independencia” al transporte “Chalaco” para ser conducidos a Arica, siendo trasladado al día siguiente del combate, al monitor “Huáscar” comandado por el Capitán de Navío Miguel Grau, donde realizará el resto de la campaña.

La campaña del “Huáscar”, guiada por la certera mano de su comandante, enfrenta al monitor solo, durante cinco meses, a toda la escuadra chilena, transportando armamento y tropas, burlando las continuas persecuciones de que era objeto; tomando la ofensiva en el Pacífico, incursiona audazmente en las costas enemigas, sembrando el desconcierto. Esta incesante actividad del “Huáscar” detiene los planes de invasión del enemigo, situación que no podía prolongarse indefinidamente; tarde o temprano el ya legendario monitor tenía que encontrarse con su destino, al que había burlado innumerables veces. Este destino, trágico y glorioso al mismo tiempo, espera al monitor y a sus hombres en Punta Angamos, el 8 de octubre de 1879. En aquella oportunidad, el “Huáscar” se bate con toda la escuadra chilena, incluyendo a los blindados “Almirante Cochrane” y “Blanco Encalada”.

Durante este combate, considerado como uno de los primeros librados entre acorazados en la historia naval, la tripulación del “Huáscar”, se desempeña no sólo valerosamente sino también audaz y hábilmente ya que en determinado momento, a pesar de su inferioridad material y de los estragos causados por el fuego enemigo, toma resueltamente la ofensiva y trata de espolonear al “Cochrane” que consigue evitar la colisión favorecido por la dificultad de maniobra del monitor, ocasionada por imperfectos en su timón y aparejos.

Al principio del combate, Palacios ocupa su puesto de oficial telemetrista, sentado sobre la torre de combate, con las piernas colgando hacia fuera; rochón en mano, daba desde allí las distancias a Grau, que ocupaba la torre de mando; Tras la muerte de Grau, Aguirre, que dirige los fuegos, le ordena bajar a ocuparse del cañón de la derecha. En este punto, estando ya la nave al mando de Aguirre, una esquirla de hierro le desarticula la mandíbula inferior, teniendo que sujetársela con un pañuelo. Sobreponiéndose al dolor de esta herida, se recobra sobre la cubierta del entrepuente a pesar de la fuerte hemorragia que sufre. El combate continúa, la torre de mando destruida, el timón inutilizado, dejando sin gobierno al monitor; Palacios y Gervasio Santillana encuentran en la destrozada torre los cadáveres de Elías Aguirre y José Melitón Rodríguez. Pedro Gárezon toma el mando del buque, cuyo aspecto es desolador.

Viendo que toda resistencia es imposible por las numerosas bajas sufridas, la falta de gobierno del buque, la inutilización de los cañones y la carencia de municiones, antes que rendirse, Gárezon ordena abrir las válvulas y hundir el buque, debiendo detener su marcha, rodeado por la escuadra enemiga que, dominando la cubierta del monitor, descarga sus fuegos sobre el “Huáscar”, que empieza a hundirse lentamente, sin poder responder debido a que la tripulación carecía de armas menores al haber sido destruidas por las balas enemigas, y ser las municiones inservibles al haber sido mojadas por el agua que penetraba en el pañol de popa; Palacios, junto con un grupo de aspirantes y marineros, se protege parcialmente del nutrido fuego enemigo a proa de la torre, hasta ser herido nuevamente por los fragmentos de fierro ocasionados por una bomba enemiga.

Los chilenos abordan el monitor y actúan rápidamente para evitar el hundimiento del “Huáscar” que ya tenía tres pies de agua en sus sentinas. Palacios, mal herido, cae desvanecido y despierta cuando los marineros chilenos lo suben al “Cochrane”.

Palacios es canjeado por el Teniente chileno Luis Uribe y conducido al vapor “Coquimbo” de la Compañía Inglesa de Navegación, al ancla en Antofagasta y con rumbo al Callao, pero el marino valeroso no llega a su destino pues fallece en Iquique el 22 de octubre, de tétanos traumáticos, como lo certifica el médico comisionado por nuestro gobierno. Sus restos llegan al Callao el 28 de octubre en el mismo buque, brindándole tanto la Marina y autoridades como el pueblo peruano un sentido homenaje. Sus funerales se realizan el 5 de noviembre en la catedral, junto con los de los demás jefes y oficiales muertos gloriosamente en Angamos. De allí, sus restos son conducidos al Cementerio General.

El 28 de mayo de 1880, Nicolás de Piérola condecora póstumamente a Palacios con la “Cruz de Acero de Primera Legión del Mérito”, y se ordena que su retrato, junto con los de Grau y Aguirre, sean conservados en la sala de sesiones de dicha Legión.

En 1886, un decreto dispone que los caídos en Angamos junto con el Almirante Grau, entre ellos Palacios, pasen revista como presentes en la nave que a partir de entonces habrá en la Marina de Guerra, denominada “Contralmirante Grau”, y mientras ésta no exista, que lo hagan en la Comandancia General de la Marina. Se dispone también que al ser llamados, el jefe más caracterizado debe responder “muerto en defensa de la patria y vivo en la mansión de los héroes”. Sus restos reposan en la Cripta de los Héroes de la Guerra de 1879.